Gabriel Sara, oncólogo: «La eutanasia se convertirá en el tratamiento de los pobres»

1/3/2026 ABC.es El médico del Hospital Monte Sinaí de Nueva York lleva 40 años acompañando a sus pacientes hasta el final, con el compromiso de «decirles siempre la verdad».

Libanés, el profesor Gabriel Sara se enfrentó a la muerte desde muy joven, durante la guerra. Graduado de la Facultad de Medicina de la USJ Université Saint-Joseph de Beyrouth (la universidad jesuita del Líbano) en los años ochenta del pasado siglo, se trasladó a Estados Unidos y fue el director del departamento de oncología en el Hospital Monte Sinaí de Nueva York. Hizo de su servicio –donde introdujo música, danza, arteterapia, animales, círculos de conversación– un modelo de atención para pacientes y cuidadores que inspiró la película ‘De son vivant’.

Su experiencia de 40 años es la de un médico que se compromete a decir siempre la verdad a sus pacientes. Les acompaña hasta el último momento haciéndoles entender que están vivos, tienen valor y que pueden aprovechar para arreglar las cosas para irse en paz. Amable, sensible, sereno, optimista incluso ante situaciones muy angustiosas, el profesor Sara es el médico que cada uno quisiera tener. Cuidados por él, ninguno de sus pacientes pidió la eutanasia porque el supo aliviar los sufrimientos físicos y disipar sus miedos.

El público conoció al profesor Gabriel Sara en 2021 en la película ‘De son vivant’ (En vida), junto a Catherine Deneuve, Benoît Magimel y Cécile de France. El oncólogo libanés se interpreta a sí mismo. Jefe del departamento de oncología del Hospital Monte Sinaí de Nueva York, acompaña a sus pacientes hasta su último aliento. Recibe a ABC en Beirut, donde vive ahora, ofreciendo un testimonio esencial sobre la vida, la enfermedad, la muerte.

 

—¿Qué opina de los debates en torno al final de la vida?

—Estos debates me afectan. La muerte, real, la que se experimenta cuando alguien fallece en sus brazos, sigue siendo una experiencia que pocos conocen. Abordar el final de la vida de manera teórica es algo muy alejado de lo que realmente representa. A pesar de eso varios líderes políticos toman decisiones graves. Se entiende la muerte acompañando a los pacientes en sus últimos momentos, tomándoles la mano. Ahí reside la verdad del final de la vida. Si incluso los médicos que no tratan este tema se sienten perdidos y me piden consejo, cuánto más se sentirán otras personas.

«Abordar el final de la vida de manera teórica es algo muy alejado de lo que realmente representa»

—En muchos países se afirma que la gente apoya la eutanasia.

—Se usa la expresión «morir con dignidad» reduciendo una cuestión fundamental de la vida y la enfermedad a elegir entre morir «con dignidad» o «con sufrimiento y sin dignidad». Pero existe una tercera vía: los cuidados paliativos. Cuando son apropiados, compasivos y adaptados a la intensidad del dolor, permiten a la mayor parte de los pacientes morir con dignidad y sin sufrimiento.

Desde mi primer encuentro con un paciente, le hablo con la verdad. Frente a cánceres curables hago todo lo posible para lograr la cura. Luego hay cánceres incurables, pero tratables y mi objetivo es mejorar la calidad de vida y prolongarla al máximo. Y recibo a pacientes ya en fase terminal. Ahí mi misión es prepararlos a morir en paz, ayudándolos a ellos y a sus familias a aceptar esta realidad, y apoyarlos hasta el final. Si lo logro, aunque me entristece verlos morir, tengo el sentimiento del deber cumplido.

—¿Cómo lo hace?

—Preparo a cada paciente para afrontar su enfermedad y los efectos secundarios de su tratamiento. Al mismo tiempo, lo preparo a la posibilidad de un fracaso explicándole lo qué haremos si ocurre. Me comprometo a decirle siempre lo que sé, sin ocultar ni embellecer nada. Y le garantizo que estaré a su lado hasta el final, haciendo lo posible para que pueda morir con dignidad y sin sufrimiento. La verdad, dicha con compasión, genera confianza, y esta verdad fortalece al paciente.

—¿Algún paciente le ha pedido la eutanasia?

—En más de cuarenta años de práctica, he acompañado a cientos de pacientes al final de sus vidas. Algunos me pidieron que les diera pastillas para morir. En lugar de decir que no, les expliqué cómo podíamos aliviar su sufrimiento. Ninguno repitió su petición. Esto demuestra lo crucial que es abordar del final de la vida desde el principio, no en el último momento. Pero para atreverse a hablar de la muerte, uno debe aceptar que el mismo es mortal. En el pasado, casi venerábamos la muerte. Con el progreso de la medicina, aprendimos a tratar a los enfermos, a salvar vidas. Nos centramos en la curación, hasta perder de vista nuestra propia mortalidad. La muerte se convirtió en un fracaso difícil a aceptar.

—¿Administrar la muerte permitiría no vivirla como un fracaso?

—Esta pregunta debería planteársela a los médicos que han practicado la eutanasia. He visto entrevistas con profesionales sanitarios afectados por haber administrado una inyección letal. En aquel momento, estaban convencidos de que actuaban bien. Pero este acto los ha atormentado. Es irreversible: la persona ha muerto. No fue un error médico; fue un acto realizado con plena conciencia. Creo que este sentimiento de culpa, por haber causado la muerte de alguien, acaba aflorando en la mayoría de los profesionales en algún momento. Es una especie de trastorno de estrés postraumático que casi nunca se aborda cuando se plantea el tema de la eutanasia.

—Al proponer acortar el sufrimiento, ¿no corremos el riesgo de descuidar el desarrollo de los cuidados paliativos, que son más costosos que una inyección letal?

—Sin duda. El error es reducir el problema a dos opciones: una muerte dolorosa e indigna o la eutanasia. La realidad es mucho más amplia. Primero deberíamos invertir en la formación de estudiantes de medicina y enfermeras para que aprendan a afrontar la verdad, el final de la vida y la conexión humana que la acompaña.

Con demasiada frecuencia, cuando los tratamientos ya no son eficaces, los cuidados paliativos se consideran un mero preludio a la muerte. El término aterroriza; algunos lo ven como abandono: es precisamente lo contrario. Si se educa a los cuidadores y a los pacientes a un espíritu de verdad, los cuidados paliativos se integran naturalmente al acompañamiento al final de la vida.

Lo mismo ocurre con las voluntades anticipadas que protegen a los pacientes de tratamientos agresivos que a veces nos vemos obligados a administrar. Firmar estas voluntades no significa suspender el tratamiento ni firmar una sentencia de muerte, sino que protegerse de tratamientos irrazonables. También permite a los pacientes expresar claramente sus deseos y evita que sus seres queridos se vean destrozados por conflictos sobre decisiones si entran en coma.

—Si no se desarrollan los cuidados paliativos, ¿no se volverán aún más caros y quedarán reservados para quienes pueden pagarlos?

—Efectivamente, la eutanasia corre el riesgo de convertirse en el tratamiento de los pobres, y los cuidados paliativos de calidad, en el de quienes pueden permitírselo.

Quisiera concluir con un punto esencial: los últimos momentos de la vida son sagrados. Permanecemos vivos hasta el último segundo. Mientras haya vida, hay posibilidades de milagros. Podría darles muchos ejemplos de pacientes que transformaron la vida de los suyos en los últimos momentos de su propia existencia. Si se les hubiera ofrecido la eutanasia, nunca habrían tenido tiempo de emprender un proceso de varias semanas o meses que les dio la oportunidad de «limpiar la oficina de su vida» que a menudo se traduce en hacer la paz con familiares, borrar resentimientos. Así pueden vivir una muerte serena, diciendo: «Perdóname, te perdono, te amo, gracias, adiós».