Elisa y el silencio que dejan cuatro abortos: «He matado a mis hijos»

26/4/2026 ABC,es  Tiene apenas 30 años y una vida rota. El suyo no es un caso único. Forma parte de una estadística anónima en la que la interrupción de la gestación se banaliza hasta convertirse en método anticonceptivo

A mediados de 2024, Elisa ya no creía tener más opciones. No veía alternativas en el horizonte. Lo había intentado todo, pero la vida no le había dejado de golpear, de una u otra forma. Tras esperar más de un año a ser atendida psicológicamente, sin que le diesen cita, acude a urgencias. Solicitan adelantar su cita, pero es rechazada apenas unos días después, derivándola, nuevamente, a su médica de cabecera. Es entonces cuando toma conciencia de que su única salida es ingresar en un psiquiátrico. Sin embargo, antes de dar ese paso, casi de casualidad, recuerda una conferencia que encontró por internet tiempo atrás, en la que se hablaba del aborto. Hablaba una chica, Leire, presidenta de AMASUVE, que había abortado, como ella, hablaba del dolor, de lo que supone interrumpir voluntariamente un embarazo.

Buscando asociaciones en favor de la vida cerca de ella, da con la Asociación Pro Vida de Almendralejo-Tierra de Barros. No tenía nada que perder y decidió conocerles. Llegó a su sede nerviosa, sin saber bien a qué se enfrentaba, insegura por creer que podrían juzgarle. Una vez dentro de esa casa antigua de pueblo, de interminables pasillos y techos altos, solo se atrevió a hacer una pregunta: “¿Cuánto tiempo tengo?”. Ella, acostumbrada a las fugaces citas con psicólogos de la sanidad pública, quería saber si tendría tiempo suficiente para contar su historia: “Todo el del mundo”, le respondieron. En ese momento, con esa simple respuesta, su vida cambió.

Laura Elisa Delgado -aunque prefiere “Elisa”, a secas- tiene ahora 30 años. Es natural de un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, Medina de las Torres. Allí vive actualmente con su hija, que es parte importante de la historia. Nació cuando Elisa era muy joven. Tenía 19 años y ya estaba formando una familia monoparental, a consecuencia de la decisión de la figura paterna. Como madre soltera, lo intentó todo. Siempre con una meta, en sus palabras, “inalcanzable” y con escasas ayudas reales, más allá de su familia.

Su vida no fue fácil. Sufre la enfermedad de Crohn y trastorno límite de la personalidad, además de haber sido víctima de un abuso sexual en su infancia, que la marcó para siempre. Sin duda, esa experiencia traumática tuvo una influencia directa en sus relaciones de pareja y embarazos, algo de lo que ha sido consciente, dice, gracias al trabajo de profesionales de AMASUVE. Ese abuso sexual es el núcleo, cuenta, “de tanta confusión y sufrimiento”.

Tras el nacimiento de su hija, un año más tarde, Elisa volvió a quedarse embarazada en medio de una relación complicada. Hasta en dos ocasiones, decidió abortar. No sería la última vez. Cinco años después, volvería a hacerlo. Durante años, justificó cada interrupción: “Pensaba lo que la mayoría nos cuenta, que aún no era un bebé, que no tenía otra opción, que no tenía apoyo en una circunstancia tan difícil y, sobre todo, que tenía una hija a la que proteger y criar sola”. Tras cada aborto, el dolor físico pasaba. A veces, más rápido. Otras de manera más lenta. El emocional, “el del alma”, no: “Conseguí apaciguarlo para seguir viviendo, pero no se iba”, lamenta.

Así fue su vida hasta que se produjo el cuarto aborto en 2023. Estaba otra vez embarazada. Con otras parejas fue distinto, pero, en este caso, ella sí quiso y luchó por seguir adelante. Tuvo, sin embargo, que abortar bajo amenazas directas contra su vida, asegura. No tuvo otra opción. Al llegar a la clínica, sin más alternativa, su mundo se derrumbó por completo. Había tenido siempre, en la conciencia, la sensación de haberse equivocado con sus abortos, pero ahora ya no tenía dudas: “Maté a mis hijos”. Ese pensamiento, que había estado durante tanto tiempo en segundo plano, ahora lo ocupaba todo. Lo ocupaba y lo ocupa, porque, en una charla de una hora, lo repite en incontables ocasiones.

«Cuando vas a abortar, pierdes el nombre, no eres más que un número»

 

Era la cuarta vez que Elisa emprendía el mismo camino. Su manera de describir lo que sentía en aquella sala es realmente gráfica: “Cuando vas a abortar sustituyen tu nombre por un número. Ya no eres nadie. Te llaman, firmas los papeles, te hacen las ecografías sin explicación, te dicen que no tendrá consecuencias y después te tumban en una sala con varias camas”. Recuerda con especial dolor aquella última vez: “Lloraba tanto que no podía ni respirar, una enfermera me preguntó si quería pensármelo, pero vino otra y le dio un codazo sutil a su compañera, al tiempo que le susurraba que ya me había dado la pastilla para empezar el proceso. Me anestesiaron de inmediato”. Al salir, dice recordar cómo cayó en brazos de su padre, desconsolada: “Creo que traumaticé a toda la sala”. Después, llegó la depresión profunda.

La sanidad pública tardó más de ocho meses en darle apenas un par de citas con el psicólogo y más de año y medio con un psiquiatra. Tras la segunda, asegura, le dijeron que no había servicio de psicología en el Área de Zafra y que ya le “llamaría una enfermera para ver cómo estaba”. Su recorrido por el sistema sanitario fue -y es- un suplicio. Recuerda también cómo el primer psicólogo que la atendió le dijo que percibía en ella ganas de ser madre y le sugirió que podría hacerlo por el sistema sanitario “sin la necesidad de un hombre”: “Me quedé en shock, me rompió, yo lloraba por la muerte de mis hijos”.

Elisa, en la sede de la asociación provida que le ha acompañado
Elisa, en la sede de la asociación provida que le ha acompañado. (A.G)

En la sede de Provida encontró algo distinto. Allí se sintió escuchada por primera vez, sin ser juzgada. Pudo hablar durante horas con Guadalupe, la presidenta, y María Cinta, la vicepresidenta. Ambas son parte fundamental en el día a día de la asociación. Casi desde un primer momento, además de brindarle su ayuda, la pusieron en contacto con el Proyecto Raquel, una iniciativa de la Iglesia Católica para dar acompañamiento post-aborto: «Me trataron con respeto, me recibieron con un paquete de pañuelos, me escucharon». Elisa logró, poco a poco, empezar a hablar de «la muerte de sus hijos». No por un arrebato religioso repentino, explica. Ella siempre había tenido fe, pero, al fin, tenía toda una información de la que antes no disponía.

 

«Tras el aborto, muchas mujeres viven en una especie de violencia de género no reconocida en ningún sitio. Muchas no remontan nunca»

Guadalupe, pta. asociación provida

Junto a Elisa, rodeando una mesa camilla, están las ya mencionadas Guadalupe y Cinta, además de Alberto, marido de la segunda y tesorero de la asociación. Cuando ellos hablan de la historia de Elisa, no lo hacen reivindicando una victoria personal. Van mucho más allá. Llevan desde 2009 atendiendo más de 500 casos, solo en la comarca pacense de Tierra de Barros. Actualmente, acompañan a más de 25 familias. Ofrecen ropa donada, alimentos, orientación legal, acompañamiento a juicios y, sobre todo, tiempo. Guadalupe, la presidenta, repite continuamente que ellos no están «en contra de nadie»: «Estamos a favor de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural». Entiende que la situación post-aborto en la que quedan muchas mujeres es una especie de «violencia de género no reconocida en ningún sitio». Cinta recuerda los muchos casos de mujeres a las que han atendido tras abortar, mientras señala un mural con fotos de las familias que han conocido en el camino: «No remontan durante años, muchas no remontan nunca».

En la asociación dicen sentirse señalados socialmente. Creen que se les apunta con el dedo: «Si lo que Elisa cuenta, lo contase en otro sitio, habría alguien que le diría que los provida le han comido el tarro, cuando lo único que hicimos aquella tarde fue escucharla». Como cuenta Alberto, hay mujeres que han llegado a su sede «en 3 o 4 ocasiones»: «Hemos tenido chicas que han intentado abortar, las hemos ayudado y cuando han vuelto a quedar embarazadas ya ni les ha pasado por la imaginación, han venido a nosotros directamente».

Sola, sin ayudas, sin apoyo

Lo que cuentan los cuatro se resume en un sencillo ejemplo. En la propia entrevista, de hecho. Medina de las Torres está a 50 kilómetros de Almendralejo. Elisa no puede salir de su pueblo si no es por Alberto, el tesorero de la asociación. Ha perdido el coche. No cobra ni un solo euro en ayudas desde el pasado mes de octubre, ella y su hija viven de Cáritas. Le dieron el alta, según ella, de manera indebida y afronta un juicio, también de la mano y con el apoyo de la asociación: «Ellos me han dado una fuerza que no se puede explicar con palabras».

Admite que llegó a pensar en el suicidio, pero ha conseguido, poco a poco, empezar a mirar al futuro. Emocionada, reconoce que su destino habría sido otro de no conocer la asociación: «Si no los hubiese conocido, no estaría viva». En Medina de las Torres, apenas viven unos 1.300 vecinos. Nadie -o casi nadie- conocía la historia de Elisa. Nadie sabía nada de los abortos. Y, los pocos que lo sabían, no llegaron nunca a comprenderla del todo: «Te preguntan si piensas estar así toda la vida. No entienden que quienes abortamos no somos personas normales. Yo he sido cómplice inconsciente y consciente de la muerte mis hijos. ¿Cómo te recuperas de eso?». Es difícil ver o imaginar, lo que transmiten unos ojos, lo que transmite una mirada perdida y llena de dolor, que quiere mirar, al fin, al horizonte. Con un corazón «hecho añicos», pero, ahora, sostenido por más manos que nunca. Un corazón que, por encima de todo, vive.