Vulnerabilidad humana y salud mental: desmontando los falsos mitos desde la ética del cuidado

21/6/2026 BioeticaWeb. Frente a la violencia ficticia y la cronicidad impuesta, la evidencia científica y la equidad reclaman un espacio de decisión propio para el enfermo.

La expresión “salud mental” se ha utilizado con mayor frecuencia en los últimos años. Es un punto positivo que se hable de ello en tertulias, libros, redes sociales e incluso en conversaciones informales para intentar normalizar este tipo de trastornos que están especialmente estigmatizados.

Pero, la realidad es que cuando una persona tiene serios problemas de salud mental, el estigma sigue apareciendo de manera inevitable. Parece que los términos depresión y ansiedad se aceptan de forma más grata que enfermedades tan graves como la esquizofrenia o el trastorno bipolar. En estos casos, se llega incluso  a infantilizar a los enfermos que ven su autonomía seriamente menoscabada. Asimismo, padecen una suerte de injusticia epistémica que provoca que sus ideas, opiniones o decisiones sean cuestionadas precisamente por padecer esa enfermedad (https://www.bioeticablog.com/injusticia-epistemica/).

Por estos motivos, en los centros de salud mental y hospitales de día se hace especial hincapié en erradicar el estigma y los prejuicios asociados a la salud mental. En este sentido, es necesario revisar los prejuicios que llevan a pensar que las personas con diagnósticos de salud mental son más peligrosas que los demás o son incapaces de ejercer su propia autonomía, uno de los principios básicos de la bioética. También es necesario erradicar la idea de que estos enfermos no se recuperan, porque no se esfuerzan lo suficiente, un hecho que, sin duda alguna, provoca un dolor y malestar añadidos a los enfermos. Los ingresos hospitalarios son, en ocasiones, forzosos, dado que las familias no pueden cuidar con garantías a estas personas con enfermedades mentales graves.

El modo de acabar con los prejuicios y el estigma de la enfermedad mental es hablar abiertamente de ellos para cuestionarlos. Asimismo, el modo de acompañar en la enfermedad a un familiar o amigo es preguntar y escuchar de manera activa sus necesidades sin prejuicios. A veces, el enfermo tan solo quiere hablar, y no que se le organice la vida o se le ofrezcan soluciones que no son viables. Frases, tales como, “tienes que animarte” o “tienes que esforzarte más” no suelen ayudar en el proceso de recuperación, ya que ponen en duda la propia capacidad del enfermo y le culpabilizan por encontrarse en esa situación.

Como afirma Mark Coeckelbergh, la sociedad actual tiene aplicaciones móviles (app) casi para todo, incluso para ser feliz. Así pues, las personas que no lo son, en realidad, son culpables de no haber buscado con ahínco esa aplicación de mindfulness, de meditación o de autoayuda que prometen una vida feliz y equilibrada. De hecho, la sociedad actual es alérgica al dolor y a cualquier manifestación del mismo (depresión, ansiedad, duelos cronificados, etc.) y solo está abierta a un tipo de vida feliz, en la que el “imperativo sé feliz” es el gran protagonista, tal como dice  Byung-Chul Han.

Por otra parte, es obvio que cuando una persona se rompe la pierna, todo su entorno entiende que debe estar en reposo un tiempo para recuperarse. En cambio, las heridas del alma, que son igualmente graves, no reciben la comprensión de los demás, generando la injusticia epistémica ya mencionada anteriormente.

En el proceso de recuperación, es necesario que el enfermo tenga un entorno social que le acompañe y le ayude. La empatía, la escucha activa y el acompañamiento libre de estigma son elementos clave en la recuperación. Eso supone reeducar a familiares y amigos para que renuncien a sus prejuicios, ideas preconcebidas o consejos poco acertados y para que practiquen otro tipo de escucha desde la empatía. De hecho, compartir una mirada libre de estigma ayuda a recibir un mejor trato y a ofrecer la ayuda que realmente se necesita cuando la enfermedad mental aparece en la vida de una familia. Se trata, sin duda, de una oportunidad de reflexionar sobre los propios prejuicios de los cuidadores y una cura de humildad para aquellos enfermos que en el pasado se creyeron invulnerables.

Existen diversos falsos mitos en torno a la salud mental:

  • El falso mito de que las personas con un diagnóstico de salud mental no se recuperan. No solo se recuperan en su gran mayoría, sino que incluso construyen un proyecto de vida según sus propias preferencias y teniendo en cuenta los síntomas y la medicación que requiere su enfermedad. Además, es posible que vivan de manera autónoma e independiente siempre que tomen la medicación y se apoyen en la psicoterapia en caso necesario. Tener que pedir ayuda en un momento dado de la vida no convierte a la persona diagnosticada en dependiente para siempre.
  • El falso mito de que las personas diagnosticadas son especialmente frágiles también debe eliminarse de la ecuación. De hecho, la fragilidad y la vulnerabilidad son características propias del ser humano que cualquiera puede experimentar y que no son exclusivas de los diagnósticos de salud mental. En este punto, cabe destacar la vulnerabilidad patológica que aparece en situaciones de dominio social, de opresión o incluso de abuso de poder en personas dependientes (https://www.bioeticaweb.com/desastre-natural-en-valencia-vulnerabilidad-sobrevenida/). En el caso de la salud mental, es posible que se llegue a infantilizar e incluso a incapacitar al enfermo impidiéndole tomar decisiones según sus propios deseos y necesidades. Por ese motivo, la escucha activa y la empatía deben ser los pilares de cualquier relación de cuidado, ya que el cuidador debe ser consciente de que sus deseos no siempre coincidirán con los de la persona enfermedad y es necesario aceptarlo.
  • El falso mito de que las personas con problemas de salud mental son violentas. La violencia forma parte de las propias características humanas y de las relaciones que se establecen. La evidencia científica muestra que un diagnóstico de salud mental por sí solo no conlleva conductas violentas.

Estos tres mitos forman parte del estigma asociado a la salud mental y se debe trabajar en su erradicación para poder tratar a los pacientes con equidad y sin discriminación, ya sea por parte de familiares y amigos, como del personal sanitario.

La realidad es que un diagnóstico de salud mental es un reto para la persona que lo padece, así como para su entorno, que debe acostumbrarse y aceptar que está ante una “versión distinta” de su familiar. Una versión que demanda una relación distinta, unos cuidados concretos y, sobre todo, empatía y comprensión sin prejuicios ni estigma.

Es un reto que tiene la sociedad actual que, pese a todos los avances científicos y sanitarios todavía no se ha podido conseguir. Sin duda, es un avance que se hable más de la salud mental y se pueda disponer de más información. Pero, todavía queda un largo camino por recorrer hasta que se normalice el trato a estos enfermos, hasta que se pueda hablar sin tapujos del suicidio o hasta que se les pueda ofrecer un espacio de autonomía más que necesario para tomar sus propias decisiones.

Un diagnóstico de salud mental supone una cura de humildad para quien lo padece, ya que le hace vulnerable y frágil. Sin embargo, también es una oportunidad para redefinir la vida, establecer prioridades y tomar decisiones para ser más feliz o, como mínimo, para intentarlo. Como sociedad, es imperativo que la empatía, la solidaridad y la escucha activa presidan la relación con las personas que sufren enfermedades mentales.